Master Gollum

Lulanguvu (I)

Publicado hace 59 días

Por fin hemos jugado la primera sesión de la Campaña Maslana. Me ha llevado un poco de tiempo prepararla y he hecho algunas cosa que nunca antes había intentado. Os dejo por aquí el resumen en forma de relato de lo jugado.

-¡No os detengáis! ¡Vamos! ¡Los tenemos encima!- gritó mirando de reojo hacia las copas de los inmensos árboles. Mchinjaji, el feroz capitán de la Ola de Sangre, corría a toda velocidad a través del sotobosque de la jungla.

-¡¿Cómo diantres vamos a salir de aquí con vida?! - Valtag, el tonelero urbanita, sentía los músculos entumecidos. Como sus compañeros había sido ya alcanzando por varios dardos envenenados. Se preguntaba si había hecho bien en enrolarse en esta tripulación. Saetas y dardos pasaban silbando a escasos metros disparados desde el follaje de jungla.

Los seguía de cerca Sang, el salvaje hsunchen de los cocodrilos, quien les había guiado hasta aquel fatídico paraje. Cerraban la formación N'guyen el veterano timonel y Haraka el musculoso jefe de remeros. El primero miró de reojo a su compañero y entre resoplidos le espetó:

-¡Ukari y Gonto han muerto! ¡Dos de nuestros mejores guerreros! ¿Qué posibilidad tenemos el resto?

-¡Por las letales aguas de Sevabos! ¡Deja de quejarte y corre!

Un inmenso tronco caído obstaculizada la carrera, pero el capitán saltó raudo sobre él. Valtag intentó imitarlo, pero una rama se enredó entre sus piernas y cayó aparatosamente sobre la húmeda tierra silvana. El hsunchen le siguió superando sin dificultad el obstáculo y prosiguió a la carrera tras Mchinjaji, sin molestarse siquiera en echar un vistazo al waertagi. Desconfiaba de los miembros de su raza. Mientras Valtag se levantaba como podía, N'guyen le dio un último empujón y lo puso en pie. Menos suerte tuvo Haraka, quien también perdió el equilibrio. Mientras rodaba por el suelo varias flechas se clavaron a su costado. La adrenalina del momento le impulsó como un salmón remontando el río y de un brinco fue tras sus compañeros. Todos corrían ladera abajo pisando los talones al capitán, quien guiaba al grupo más por instinto que por saber a donde se dirigía.

Atravesaron a toda velocidad un área despejada y Mchinjaji alcanzó el borde de un precipicio; al fondo, rugían las aguas embravecidas de un río. Estaba pensando si saltar o no, cuando Sang lo agarró por el brazo y los dos cayeron al vacío. Sus compañeros, al verlos desaparecer, no se detuvieron y se lanzaron también al vacío. El grupo se zambulló en el agua. A lo alto se asomaron los mambele, con sus plumas y caras pintadas y dispararon sus últimos proyectiles, más por frustración al ver escapar a sus presas que por pensar que fueran a alcanzarlos.

-¡Ja! ¡Malditos pigmeos! ¡Seguidnos ahora si os atrevéis!- les gritó desafiante Haraka mientras la corriente los alejaba río abajo. Por fortuna, habituados a la alta mar, todos eran expertos nadadores.

Mientras se dejaban arrastrar pos las aguas, Mchinjaji pensó en como se habían visto en esta situación. La Estación de los Tifones había llegado a su fin. Los sacerdotes apaciguaron al fin a Keraun, la Bruja de los Tifones, y esperaban con impaciencia la llegada de Dulu, el espíritu de los doldrums. Al norte de las islas, los vientos soplaban suaves procedentes del este, lo que favorecía durante un corto espacio de tiempo la llegada de navíos de Teleos; al sur, brisas cálidas descargaban ocasionalmente suaves lluvias. Daba inicio así, a la Estación de la Siembra, en la que los agricultores de Jaad preparaban los campos de tef. Era un periodo complicado para los piratas de Puerto Rojo. Agotados los ahorros tras el largo periodo sin salir a la mar, Mchinjaji convenció a su tripulación para saquear el legendario Templo Esmeralda, situado en las profundidades de la jungla de Neodrania. Sang logró guiarlos hasta casi las puertas del santuario, pero fueron descubiertos por los mambele, pigmeos de las mambas verdes. Como estos reptiles, los pequeños hsunchen, tenían costumbres arbolícolas y cayeron en una emboscada de la que a penas salieron con vida.

-¡Mirad! ¡Allí delante! - N'guyen sacó al Mchinjaji de sus pensamientos. Para sorpresa de las piratas, las aguas del río entraban en la boca de una caverna. Resignados a su destino, se dejaron arrastrar adentrándose en las profundidades ignotas. Pronto, la negrura los envolvió por completo y tan solo se escuchaba el chapoteo de sus brazadas para no ahogarse.

-¿Escucháis? ¿Qué es ese sonido? - exclamó preocupado Haraka.

-Parece... ¡una cascada!

-¡Relajad los músculos! ¡Preparaos para el impacto y que Sharzu esté todavía lejos!

Uno tras otro, cayeron por el salto de agua. No fueron más que tres o cuatro brazas, pero la oscuridad pareció mucha más altura. La fuerza de la corriente los sumergió a bastate profundidad. La completa ausencia de luz y los remolinos de agua los desorientaron. Aún siendo expertos nadadores, más de uno tardó en alcanzar de nuevo la superficie y volver a llenarse de aire los pulmones. El río los había conducido hasta una cámara subterránea que formaba parte de un cenote. El techo de la caverna se había desplomado y por él se filtraba luz y largas lianas que colgaban a una altura de tres cuerpos sobre sus cabezas. En el centro, justo bajo el apertura, una gran isla dividía en dos el curso del río que continuaba adentrándose en las entrañas subterráneas. Frente a ellos, una la maraña de troncos semisumergidos que cubría la orilla norte del islote. Sin duda, habían sido arrastrados por la fuerza del agua. El grupo sorteó fatigado el obstáculo y se tendió exhausto sobre la orilla.

-¿Habéis visto eso? - señaló Valtag hacia la primera de cuatro extrañas protuberancias rectangulares que se levantaban sobre el islote. Cada una estaba dispuesta de tal forma que parecían delimitaban un área rectangular. La vegetación los cubría por completo, principalmente de musgos y helechos. -Deberíamos abandonar de inmediato el lugar, ¡quién sabe que oscuros poderes albergan! Adentrémonos de nuevo en la corriente y dejemos el agua nos lleve a la salida.

-¡Insensato! - le espetó el capitán. - En las profundidades estaremos ciegos e indefensos. Además, ¿quién nos asegura que el agua no se pierde en las tinieblas hasta el mortal abrazo del Destructor? Atendamos primero nuestras heridas, recobremos el aliento y veamos que oculta la maleza.

Sus hombres asintieron. Una vez reposados, Mchinjaji ordenó a Haraka y Sang desbrozar el primero de los monolitos. Pronto quedó al descubierto una arcaica escultura pétrea. Tenía forma rectangular, de dos brazas de altura y algo menos de una de anchura. Al quitar la hojarasca y las plantas más gruesas de su superficie descubrieron que estaba coronada por una grotesca cabeza.

- ¿Es Masdoumari? ¿El Padre Creador? - preguntó Haraka sin dirigirse a nadie en concreto.

- No estoy seguro, parece muy antigua. Tal vez incluso date de la Gran Migración. Capitán, ¿qué opina? - N’guyen se giró hacia Mchinjaji.

- Sí, no cabe duda que es muy, muy antigua… - dijo, aproximándose a la columna. - ¡Mirad! Hay símbolos aquí inscritos -. Empezó a arrancar el musgo con la mano. - ¡El resto! ¡No os quedéis ahí mirando! ¡Empezad a despejar las otras estatuas!

Se añadieron a la primera las estatuas de Kuva, la Araña Solar, Nariz Veloz, el Espíritu Embaucador y una deidad que no llegaron a identificar. Mchinjaji era el único que tenía algunos conocimientos de la escritura maslana, adquiridos durante su estancia en la ciudad de Olya. Descifrar cada uno de los paneles llevaba tiempo y muchas veces el significado no era claro.

- No es Masdoumari, aquí, está representado Sharzu, nuestra tierra ancestral, y esto de aquí deben ser las embarcaciones de Miirdek y Magunta - empezó a interpretar Mchinjaji.

- ¿Y este pájaro de aquí no será Nariz Veloz? - preguntó N’guyen.

- Puede ser, esta parte es ininteligible, tal vez haga referencia cuando el Embaucador intentó confundir el rumbo del Segundo Éxodo.

- Te refieres más bien cuando quiso guiarlos a tierra firme para que escaparan de las furiosas aguas de Sebavos.

- ¡Bah! Eso dicen en Inkau, los olyanos opinan distinto. ¿Quién puede en su sano juicio puede confiar en el Embaucador?

- ¿Qué sabrán esos continentales? - intervino Haraka que se había unido a ellos mientras Sang y Valtag, menos conocedores de los mitos maslanos, proseguían las tareas de limpieza.

- Mirad, esta línea está en buen estado – añadió Mchinjaji – relata el encuentro de Magunta y sus seguidores con los hijos de la jungla. Este es muy antiguo, debe ser anterior al Pacto.

- ¿Pacto? - el significado de la palabra parecía escapar a la comprensión del Sang, los ngwena no eran precisamente conocidos por ser una tribu pacífica. El pueblo de los cocodrilos construía sus poblados en las riveras de varios ríos de los Islas Edrenlinas y se les consideraba temibles guerreros. La afinidad de algunos de ellos con el mar, hacía que se les reclutara como parte de las tripulaciones de las embarcaciones edrenlinas.

- El Pacto de Elamle- explicó con paciencia N’guyen. Era él quien mantenía más contacto con el salvaje vigía. Como timonel de la Ola de Sangre su puesto se situaba a la popa del navío, dirigiendo su rumbo con un gigantesco remo. Desde su posición debía confiar ciegamente en las advertencias de Sang, quien constituía de facto sus ojos. - Nuestro pueblo nació en Sharzu, un paraíso donde nunca nos faltaba de nada. Fue así hasta que fuimos esclavizados y el Destructor envió sus aguas para anegarnos en ellas. El Gran Rey Kanawa envió a su hermosa hija Elamle en busca de una nueva tierra. Elamle alcanzó la costa donde vivían los embyli. Pero los hijos de la jungla no no deseaban que los recién llegados se quedaran, así que les pusieron duras condiciones. Todo aquello que pedía, Elamle era capaz de satisfacerlo, sorprendidos, los embyli la proclamaron amiga de los elfos y por eso esa tierra lleva ahora su nombre. El Pacto de Elamle recoge las exigencias de los elfos y lo que ellos conceden a quienes las cumplan.

- Este ya está limpio – les interrumpió Valtag. Sus manos estaba embarradas y llenas de arañazos causados por las numerosas raíces que había arrancado. Mientras el trío de maslanos se acercó para ver que les deparaba el ídolo de Nariz Larga, resignado, el tonelero se encaminó hacia la misteriosa imagen que ninguno había todavía identificado.

- Odio las historias de Nariz Veloz. Nadie se pone de acuerdo sobre ellas. Cada maldita aldea cuenta su propia versión. Es todo siempre muy confuso, necesitaríamos un verdadero embaucador para sacar algo en claro. Esto de aquí parece una planta y esto otro una roca, aquí hay representado un objeto de gran poder. ¿Cómo cáspita se une todo esto?

- Si Ukari no hubiera muerto…

Mchinjaji hizo caso caso omiso al comentario del timonel que llevaba implícito el reproche por como habían ido las cosas. Entre ellos siempre había tensión. Nadie conocía de otra embarcación donde capitán y timonel se llevaran tan mal, aún así, año tras año salían a la mar juntos, como dos viejos carroñeros que aunque se gruñan uno al otro, comparten la misma carcasa. El capitán se encaminó hacia el tercer ídolo, así que el timonel y el jefe de remeros fueron tras él.

- ¿Habéis visto en que estado se encuentra éste? - observó Haraka. En efecto, la roca estaba llena de grietas e incluso algunos fragmentos se habían desprendido, lo que contrastaba con el estado de los otros ídolos.

- Parece que la vegetación se ha ensañado, a penas se distinguen los símbolos. Diría que es alguna deidad de la tierra. No llego a entender bien estos pasajes, pero aquí está representada Jenaguru, la Luna Azul. ¿Tal vez indique locura?

- Podría tratarse de algún espíritu perdido – concluyó N’guyen.

- Bueno, aquí poco vamos a sacar en claro – dijo el capitán abandonando el ídolo.

El trío se encaminó hacia el el extremo suroeste del islote con la intención de examinar la última escultura. Cerca, Valtag se había agachado al borde de la orilla para limpiarse todo el barro de las manos. Al escucharlos se giró hacia ellos y entonces creyó oír gruñidos que venían del orificio del cenote. De inmediato se puso en pie alertando a sus compañeros. En ese momento, asomaron unas grotescas cabezas. Criaturas de pelaje verdoso y grandes fauces coronadas con varias filas de dientes aserrados. Unos ojos amarillos incandescentes los observaron con furia. En un instante desaparecieron, pero los gruñidos y chillidos se intensificaron. Allí arriba se estaba reuniendo una manada de esos seres. Valtag sacó el arco colgado a su espalda. Con las manos todavía mugrientas empezó a tensarlo ante la seguridad del inminente combate.

- ¿Los habéis visto? ¿Qué son esos seres? - preguntó a sus compañeros.

- Son… ¡son furias de la jungla! - Sang parecía incrédulo, como si hubiera visto seres que solo existían en los cuentos narrados al calor de la hoguera por los ancianos para asustar a los chiquillos.

Con gran agilidad, las criaturas empezaron a descender por las lianas. Tenían brazos musculosos y piernas cortas, se movían como simios, pero un aspecto carnívoro, con esas inmensas fauces desean desgarrar la carne. Salvaron la distancia desde su extremo inferior de las hebras vegetales hasta la cúspide de los ídolos. Los miembros de la tripulación hicieron ademán de lanzarse al agua para huir.

- ¡¿Dónde creéis que vais, carnaza de tiburón?! - les espetó el capitán, desenvainando su gran arma curva.

Sus hombres se detuvieron. Valtag disparó contra la primera de ellas, pero entre el nerviosismo y las manos todavía enfangadas, el arma se le escapó de entre sus manos yendo a caer al río subterráneo. Sin pensarlo, saltó tras él. El resto empuñó sus armas y se dispuso a hacer frente a las bestias. La primera de las furias de la jungla pisó el suelo del islote, Sang eludió sus garras e invocó el poder de las llamas.

- ¡Oh, furia llameante! ¡Guerrero que domaste el mar de fuego! ¡Concédeme tu poder! - exclamando estas palabras, una espiral de fuego recorrió el hasta de su lanza concentrándose en la punta, que resplandeció incandescente en el interior de la caverna.

Haraka se lanzó sobre ella blandiendo su espada pongo, a la par, su armadura viviente, un crustáceo mágico de las profundidades oceánicas, se deslizó sobre su pecho abriendo en abanico la cola formando así un escudo que se extendió protegiendo su brazo izquierdo. Justo a tiempo para bloquear el impacto de las garras de otra furia.

Separados por los ídolos, en el otro extremo del islote, Mchinjaji luchaba codo a codo con su timonel. N’guyen golpeó a su salvaje enemigo con su njiga, un arma tradicional de múltiples filos, como las aspas de un letal molino servía tanto en el cuerpo a cuerpo que como arma arrojadiza. El arma hirió en un costado a la criatura, que respondió con una serie de torpes ataques. N’guyen no tuvo dificultad en eludir los zarpazos. Mchinjaji blandió su espada-guadaña. Nuevas criaturas alcanzaron el suelo. Con un rápido movimiento se interpuso e hizo frente a una de ellas. En el agua, Valtag atinó a asir de nuevo su arco antes de que fuera arrastrado por la corriente. Al girarse hacia tierra dudó unos instantes si unirse a la contienda, pero guardó el arma y desenfundó su Espada de Hueso de Urukotu, legado de su desaparecido padre. Con dos brazadas alcanzó la orilla. La lucha proseguía, golpes, zarpas, saltos y bloqueos. Los tripulantes de la Ola de Sangre se defendieron fieros, veteranos de cien batallas. Una tras otra, las criaturas fueron cayendo, desventradas por la poderosa arma del timonel o ensartadas por la llameante lanza.

Exhaustos por la contienda, se trataron las escasas heridas que habían sufrido. Miraban con cierta desconfianza los cuerpos amontonados en un rincón de las criaturas. Con todo lo ocurrido, la tarde se les había echado encima.

- ¡Desdicha la nuestra! Kuva se agazapa ya por el horizonte, sin luz, la jungla es una trampa portal – consideró el capitán, no deseaba poner en más peligro a la tripulación.

- Pasemos pues aquí la noche – le apoyó el leal Haraka.

- Es inútil prender fuego, todo aquí está mojado – refunfuñó N’guyen.

- ¡Pues no parece importarle a nuestro vigía! - observó asqueado Valtag, en efecto Sang se había acercado a una de la furia que él mismo había matado y empezó a devorar pedazos de carne. Los ngwena creían que consumir a sus adversarios les daba poder.

A pesar de la incomodidad del lugar, el cansancio pesaba sobre ellos como una losa. Se repartieron las guardias y cayeron enseguida dormidos.

El primer turno recayó sobre el capitán, privilegios de su puesto. Mchinjaji contempló el cielo nocturno a través de la apertura del techo de la cámara. Las estrellas despuntaban tras el crepúsculo, las copas de los árboles eran densas, pero no llegaban a cubrir por completo el firmamento. En la Estación de la Siembra, a aquellas horas la constelación de Sharzu se encontraba al suroeste de Neredzi, la Estrella Polar, claramente visible para quien sabía donde mirar. Lamentó no poder divisar desde aquí la constelación del Tiburón, el poderoso Enyakatho. Dio un respingo. Apartó de inmediato la vista del cielo y escrutó a su alrededor. Nada, negrura absoluta. Tan solo escuchaba el sonido de la cascada. La sensación se había desvanecido. Se obligó a calmarse. Por unos instantes creía haber sentido una presencia. Percibía el misticismo del lugar, un templo largamente olvidado. Achacándolo a su cansancio decidió despertar a Valtag para que le tomase el relevo. Tras una breve charla, se acurrucó junto al resto y se quedó dormido.

Se acercaba el alba, las criaturas de la noche profunda se habían ya retirado, el son de la foresta cambiaba su melodía. Haraka se hizo cargo de la guardia. Se frotó los brazos para ahuyentar el sopor. Un leve chapoteo a su derecha. No era nada, un batracio que perezoso saltaba entre los troncos hundidos. Un susurro ¿Quién? Solo oscuridad a su alrededor ¿Imaginaciones suyas? Una voz, dulce, antigua, seductora. Haraka. Tiraba de él. Haraka. Lo llamaba. Se levantó. No, aquello no estaba bien, debía… debía. Se empezó a despojar de la ropa y se deslizó hacia las aguas. Haraka. La voz no cesaba de tirar de él.

Sang fue el primero en levantarse. ¿No lo habían despertado? Miró a su alrededor y todos seguían dormidos. Desperdigada sobre la húmeda hierba, la ropa del jefe de remeros. Alarmado, despertó a sus compañeros. Haraka había desaparecido.

- ¿Cómo? ¿Qué ha ocurrido? - preguntó incrédulo Mchinjaji, mirando hacia donde Sang indicaba. La luz diurna se filtraba ya, tímida, a través del techo. A penas llegó a ver la forma avalada del crustáceo inseparable de Haraka echo un ovillo junto a la espada pongo.

- No lo sabemos, no hay rastro de Haraka – le informó N’guyen.

No había mucho que registrar, el islote era pequeño. Las lianas del techo seguían ahí, colgando a gran distancia sobre sus cabezas. Y la ropa ¿dónde habría ido desnudo?

- Sang, examina el río, mira si cuerpo está bajo el agua – ordenó sin demasiada convicción. Si hubiera caído al río, la corriente lo hubiera arrastrado.

El ngwena se zambulló bajo las aguas cavernarias. Su aguzada vista, mucho más que la de los humanos, todavía alcanzaba a ver con cierta claridad bajo la superficie con la escasa luz que penetraba en el cenote. Nadaba de aquella forma tan característica, con los brazos pegados al costado y ondulando todo su cuerpo, como un reptil. Tuvo que recorrer todo el perímetro. No fue hasta alcanzar el extremo noroeste, al pie de la cascada, que dio con la boca de una galería subacuática. Con una rápida sacudida de sus piernas se deslizó a través del orificio. A poco más de una braza de la entrada había una silueta flotando sobre el agua. La luz era tan tenue dentro del túnel que no atinaba a percibir nada más, pero juraría que estaba completamente desnudo, acariciando el líquido que lo rodeaba. Desconcertado, el vigía salió del agua e informó de su descubrimiento.

- ¿Cómo? ¿Sigue vivo? ¡Hay que sacarlo de ahí!

- ¿Tal vez esté poseído? - agregó N’guyen a las palabras del capitán. - De ser así, podría resistirse. Podríamos morir ahogados.

- No si yo puedo evitarlo – intervino Valtag. Como la mayoría de los waertagi, dominaba las artes de la hechicería. Le habían visto resistir bajo el agua durante largos periodos de tiempo y sabían que podía otorgar ese poder a otros.

- Entonces está decidido. El Señor de Puerto Rojo me dará su fuerza. Sang tu serás mis ojos – diciendo esto. Mchinjaji empezó a recitar una corta letanía – ¡Amankatho! ¡Fuerza de los mares! ¡Amankatho! ¡Vigor del cazador! ¡Oh Gran Depredador, responde a mi súplica!

La energía espiritual del maslano se concentró en sus músculos. Brazos y espalda se hincharon, la piel adquirió una tonalidad grisácea y áspera, su nariz se acható y sus ojos se volvieron por completo de un negro oceánico. Valtag hizo lo propio. Su poder requería más precisión y medida, ponderó la energía necesaria basada en el tamaño de sus compañeros. Cerró los ojos sumiéndose en una profunda concentración. Sus manos danzaban ante sí, trazando sobre el aire una compleja secuencia de símbolos. «Uranval walnaram, uralnar walnaram, nearugar atnal walnaralam. Uranval walnaram, thaerum nalgar walnaralam.» Musitaba en una cadencia creciente, cada vez más rápida. El aire empezó a fluctuar entre sus dedos y un destello azulado flotó ondulante sobre Mchinjaji. Como dotada de vida propia, el flujo alcanzó las fosas nasales del capitán. Sintió como si se ahogara y aspiró profundamente. Todos vieron como la luz penetraba en su cuerpo hasta desaparecer por completo. El sortilegio inundó sus vías respiratorias adueñándose de sus pulmones. Acto seguido. Valtag reanudó la letanía y lanzó su poder sobre Sang.

Instintivamente cogieron aire, aunque sabían que la magia lanzada por el tonelero les permitía respirar bajo el agua. Los dos piratas se lanzaron de cabeza al río y desaparecieron bajo la superficie. Sin demora, bucearon hasta la boca del túnel submarino adentrándose en él. Mchinjaji no podía ver nada. Se golpeaba los brazos y las piernas contra las paredes de roca. Sang tiró de él acercándolo hacia el lugar donde flotaba Haraka. El agua empezó a removerse a su alrededor, como dotada de vida, una corriente cada vez más fuerte les dificultaba avanzar. El esfuerzo les hizo aspirar para respirar. ¡Lo que entró por sus narices no fue agua, fue aire! Frente a ellos, Sang creyó ver a Haraka sacudirse en el centro del vórtice que se estaba formando. Sin previo aviso, la corriente se hizo tan fuerte que los arrastró con violencia fuera del túnel. Junto a ellos salió también despedido Haraka. N’guyen y Valtag vieron un sifón gorgojeante de agua escupir a sus tres compañeros. Haraka parecía desorientado, alcanzó la orilla y empezó a vomitar agua. Requirió unos instantes antes de poder recomponerse. Estaba completamente desnudo y al contrario de Sang y Mchinjaji no mostraba ningún rasguño tras haber sido lanzado fuera del túnel, como si el agua lo hubiera protegido en lugar de lanzarlo sin control como a ellos. Tardó todavía un buen rato en recuperarse lo suficiente para poder hablar.

- Arige...

- ¿Cómo? - le preguntaron.

- Arige ¡Arige es la dueña de todo esto! - exclamó Haraka, señalando con un movimiento amplio toda la cámara. Con rostro desencajado, miraba a su alrededor viendo más allá. Cayó de rodillas, embadurnándose el rostro con el lodo de la orilla – ¡Oh Arige! ¡Cumpliré tu mandado! ¡Adorada serás! ¡Así lo jura Haraka de Puerto Rojo, gran remero de la Ola de Sangre!

No estaban seguros de que había ocurrido, pero no dudaban que era mejor era abandonar este lugar cuanto antes. N’guyen se le acercó y le ayudó a tenderse en pie, apartándolo con cuidado de la orilla. Haraka no ofreció resistencia y se dejó llevar, murmurando para sí mismo una y otra vez el nombre de Arige.

- Solo hay dos formas de salir de aquí, a través del río o mirando de alcanzar las lianas. No tenemos garantías que el río vuelva a salir a la superficie, adentrarnos en la cueva sin luz, será un problema. Además, el túnel tiene aspecto de hundirse.

- Podríamos crear una plataforma usando las ramas y troncos arrastrados por la corriente. Encaramarla a lo alto de un ídolo y alcanzar las liana – propuso el tonelero. - ¡Aunque para ello necesitaríamos algo con que atarlas!

- Eso no va a ser un problema – intervino N’guyen.

El timonel se descolgó el arma arrojadiza de la espalda y la arrojó con fuerza. El njiga salió despedido describiendo un amplio arco. En su trayectoria alcanzó dos de las lianas que cayeron al suelo. Repitió la operación un par de veces y pronto tuvieron material suficiente para poder trabajar. Quien más quien menos, tenían todos algún tipo de experiencia realizando tareas de mantenimiento en la embarcación y pronto armaron una estructura de madera cruzando varios troncos sobre lo alto de la estatua de Magunta. Sang acarició su talismán de cola de mono. Lanzó una pequeña loa al simiesco dios de la isla de Inkau y se encaramó de un brinco. Con rápidos movimientos ascendió por una de las lianas y desapareció por el orificio del techo del cenote. En unos instantes se asomó de nuevo indicando que no había peligro. Menos suerte tuvo Valtag. A media ascensión perdió asidero y se precipitó desde gran altura. Afortunadamente había tomado la precaución de lanzarse un sortilegio protector que absorbió la fuerza del impacto. Por segunda vez lo intentó, con idéntica suerte. Mchinjaji le hizo retroceder irritado y ascendió él alcanzando la cúspide sin sufrir ningún percance. Una vez en el exterior ayudó a Sang a entrelazar varias lianas para formar una larga cuerda que llegase hasta el suelo del islote. A ella se aferró el timonel a quien izaron a pulso sin dificultades. Repitiendo el proceso, pronto todos pisaron de nuevo el suelo de la jungla.

En aquel punto había vegetación en el sotobosque, algo inusitado en la jungla, donde las copas de los grandes árboles tendían a bloquear la luz. Era signo inequívoco que se encontraban en territorio embyli. Los hijos de la jungla hacían crecer los árboles de tal forma que permitieran prosperar también otras plantas. Aún así, la maleza no era excesivamente densa, intuyeron que se encontraban posiblemente en la región fronteriza que delimitaba sus designios. Los embyli no se tomaban a la ligera a los intrusos y corrían peligro mortal si llegaban a ser sorprendidos en sus dominios. Mchinjaji hizo varias señas y Sang tomó la delantera. Avanzaron durante horas, en dirección a la costa, a la par que intentaban alejarse del territorio de los hijos de la jungla.

En cierto momento el vigía se detuvo en seco, señalando a la derecha. Valtag lo vio de inmediato, unos extraños y gruesos tallos cubiertos de afiladas espinas despuntaban entre la maleza aquí y allí. Al observar con más detenimiento, los miembros de la tripulación localizaron más de esas extrañas plantas. Todos fueron conscientes del peligro, ningún habitante de las Islas Edrenlinas desconocía las inquietantes historias de monstruosas plantas embyli destruyendo ciudades enteras. Al oeste de Maslo, en la región de Onlaka, los maslanos llevaban centurias luchando contra ellos. Retrocedieron despacio, pero ya era demasiado tarde. Los espinos empezaron a sacudirse, ondulando sobre sí mismos. Tierra y hierba se levantó junto a ellos y cayeron sobre los piratas intentando aplastarlos. N’guyen saltó a un lado, Valtag logró agacharse justo a tiempo. Más espinos se levantaron a su derecha. Echaron a correr. Dos látigos letales cayeron junto a ellos. Un último impulso y salieron del radio de acción de las plantas. Sin afán por descubrir si había otras trampas, abandonaron a toda prisa el lugar.

Sin nuevos sobresaltos, alcanzaron al atardecer la costa. Hambrientos y fatigados recorrieron la distancia que los separaba hasta la embarcación.

Epílogo

Aquí concluye lo acontecido durante la primera sesión de juego. Como se puede observar, la historia gira entorno de los tripulantes clave de una embarcación, su capitán, timonel, jefe de remeros, tonelero y el vigía de proa. Hay mucho que contar sobre esta primera sesión, desde la creación de los personajes, a la preparación del juego y los varios accesorios que he usado. Profundizaré en todos estos detalles en las próximas entradas.