Master Gollum

Lulanguvu (II)

Publicado hace un año, 161 días

Relato de la segunda sesión de la campaña maslana. Si te has perdido la anterior puedes leerla aquí: Huida del Templo Esmeralda.

Se filtraban los últimos rayos de sol entre las hojas del techo de la jungla. Agotados, los supervivientes del Templo Esmeralda, alcanzaron el delta del Río Inala. Junto a uno de los islotes fondeaba la Ola de Sangre. Egowe y Mchaku, dos de los guerreros de la embarcación, les salieron al paso.

- ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde se encuentra Ukari? ¿Y Gonto? - se veía en sus expresiones que conocían la respuesta a esas preguntas.

Mchinjaji temía el impacto del fracaso de la misión en la moral de la tripulación. Era un pésimo inicio de temporada. Necesitaba desesperadamente ofrecer alguna alternativa. Como un náufrago a un madero, el capitán se aferró al relato que Valtag le había contado durante la marcha a través de la foresta.

- Egowe, – dijo a su hombre asiendo con fuerza su hombro – reúne al resto de la tripulación. Tengo algo que deciros.

Egowe asintió. A su lado, Mchaku estuvo a punto de replicar, pero Mchinjaji lo aplacó con la mirada. De todos sus hombres, Mchaku era el más indisciplinado y no pocas veces le daba problemas. El hombre, resignado, se dejó conducir por su compañero hasta el campamento. Tras ellos, el capitán y el resto del grupo de exploradores se unió a la marcha. En breve, cruzaron un estrecho remanso poco profundo que los condujo hasta el islote. Los dos guerreros hicieron lo ordenado y se formó un corrillo a su alrededor. Se leía en las expresiones la ansiedad y el desconcierto.

- ¡Hombres de la Ola de Sangre! ¡La viuda de Ukari no será abandonada! ¡Los hijos de Ukari no serán abandonados! ¡Así lo jura vuestro capitán! ¡Mchinjaji, Fauces de Enyakatho! - exclamó otorgándose el título que se daban los devotos al espíritu de la Corriente de los Tiburones. Entre los piratas maslanos de Puerto Rojo era costumbre hacerse cargo de las familias de los difuntos. Gonto en cambio, era joven y había perdido la vida antes de comprometerse. - Sabed que murieron con la lanza en alto. Hicieron falta una decena de esos malditos pigmeos traicioneros para acabar con ellos. Su muerte no ha sido en vano. Hemos encontrado el lugar donde se encuentra el templo.. ¡y un día regresaremos a reclamarlo! Sé que es un pobre consuelo, pero nuestro tonelero tiene algo importante que compartir con todos nosotros. ¿No es así, Valtag?

El capitán centró la atención en el waertagi, necesitaba dar esperanza a los hombres, pero sobretodo, un chivo expiatorio en el caso que las cosas se torcieran de nuevo. No estaba dispuesto a que se le atribuyera otro fracaso. El tonelero miró las caras de desconfianza de aquellos hombres. Era consciente de lo delicado de la situación, pero se le ofrecía una oportunidad que no podía pasar por alto para descubrir que había ocurrido a su padre. Habló desde lo más profundo de su corazón. Contó a los piratas de los viajes del gran mercader waertagi. El sivis Aeltag conocía todos los mares circundantes y aquellos que estaban más allá. Les narró de las riquezas que la veloz Guaju, de puertos distantes y exóticas mercancías, de la colonia maslana de Iskisdar en la lejana Teleos, de las maravillas de las Islas de las Perlas, de la pureza de las vetas de oro de las minas de Salonmanad y la calidad del marfil de Banamba.

- Os prometo una cosa: si encontramos a mi padre, tendréis una recompensa tan generosa como fértil es Triolina.

Fuera por necesidad de buenas noticias, fuera por la avidez propia de los depredadores del mar, los piratas de la Ola de Sangre acogieron con entusiasmo la propuesta. Enseguida se formaron corrillos y el capitán, timonel y jefe de remeros hicieron cuanto pudieron para saciar la curiosidad de los hombres y calmar sus ánimos.

Amaneció temprano en el delta del Río Inala. Los hombres se afanaban en desmontar el campamento. Mchinjaji, N’guyen y Haraka discutían la ruta a seguir. Viajar al oeste suponía adentrarse todavía más en las aguas de Amankatho, la violenta corriente marina del Padre de las Morenas. Era sabido por todos los navegantes de la región su inusitada violencia e imprevisibilidad. Podía arrastrarlos con facilidad mar a dentro, y más en aquella época del año en la que los vientos eran escasos.

- Tenemos que aplacar a Amankatho. Si emerge, mis remeros no podrán hacer frente a su fuerza – advirtió Haraka.

- Para ello deberíamos capturar una buena ofrenda – propuso N’guyen.

- Ngube y Endu le rinden culto, se ocuparán ellos de los rituales – confirmó Mchinjaji. - Partiremos con ellos de caza.

Tanto Amankatho como Enyakatho, las dos corrientes occidentales del Mar de Mura, eran populares entre los guerreros. El animal totémico de la primera era la poderosa morena roja, una bestia acuática que en ocasiones llegaba a ser tan grande como el mayor de los cocodrilos. La segunda era la patrona de Puerto Rojo y en sus aguas encontraban cobijo un gran número de especies de escualos. Todos ellos feroces depredadores. El propio capitán rendía culto fervorosamente a Enyakatho, hasta el punto que había convertido la Ola de Sangre en una capilla flotante.

Reunido el grupo de caza, ascendieron por la rivera del río rastreando posibles presas. La jungla parecía haberse tragado la fauna. Encontraron algún rastro ocasional, pero ninguna presa digna de ser capturada. Desesperados, iniciaron el camino de regreso. En la otra rivera varios cocodrilos tomaban el sol con las grandes fauces abiertas indiferentes ante la presencia del grupo. El tamaño de las criaturas hizo descartar enseguida a los animales. Valtag se quedó en la cola de la marcha contemplando los magníficos ejemplares. Eran cocodrilos marinos, bestias imponentes, largas como una canoa. Un animal así sacrificado de la forma apropiada a Triolina le hubiera permitido adoptar su forma. Tal era el poder de la diosa dadora de vida de las aguas oceánicas.

- ¡Los espíritus de la jungla nos traicionan! ¡Complotan contra las fuerzas del mar! - exclamó frustrado Haraka.

- Esto es un mal augurio - Endu sacudió la cabeza negativamente. - Un mal augurio.

- ¡Por todos los tiburones desdentados! ¡No regresaremos con las manos vacías! - maldijo Mchinjaji.

En un intento de calmar los ánimos, Ngube intervino - ¡Bagres!

- ¿Cómo? - todos se giraron mirándolo.

- Sí, bagres. Nadan en aguas poco profundas, aquí en el delta debería ser fácil capturarlos. A falta de un mejor ofrenta, estos peces deberían bastar.

El grupo no tardó en encontrar un punto sombrío y poco profundo entre la raíces de los árboles del manglar. El lodo del lecho del río ocultaba unos peces bigotudos y alargados que unos sesenta centímetros, conocidos también en otros lugares como peces gato. Aunque escurridizos, empleando las redes lograron apresar casi una decena de ellos. Completaron la expedición con algunos frutos que pudieron recolectar de regreso a la embarcación. Cuando volvieron el campamento ya había sido levantado por completo, así que no se demoraron más y hizaron la pesada roca que hacía las funciones de ancla. Antes de adentrarse en los dominios de Amankatho, Ngube y Endu dispusieron las ofrendas en la proa de la embarcación. Con solemnidad oficiaron la ceremonia a la corriente marina. Los iniciados de Enyakatho, entre ellos el capitán, se unieron a los cánticos mientras el resto de la tripulación contemplaba en solemne silencio. Los dos guerreros lanzaron las ofrendas por la borda del barco. Para su sorpresa, varios peces oscuros, de aspecto serpentino se lanzaron sobre los sanguinolentos bagres.

- ¡Mirad morenas! - señaló uno de los nautes.

- ¡Amankatho ha respondido! ¡Loada sea su justa furia! - contestaron varios guerreros.

La tripulación lo consideró un buen augurio. Mchinjaji sonrió con sus dientes aserrados. Haraka dio la señal. Miti inició la rítmica percusión del gran karatan. Los remeros se le unieron desde las plataformas sobre los flotadores laterales. “Uh-ah-ta-ka. Uh-ah-ta-ka”. Gritaban. En la proa, Sang oteaba el horizonte. En la popa, N’guyen hundía el gran timón de espadilla en las salubres aguas dirigiendo la Ola de Sangre rumbo noroeste.

La proximidad del epicentro de los doldrums era cada vez más evidente contra más avanzaba la Estación de la Siembra. Prácticamente no soplaba más que una leve brisa marina que imposibilitaba el uso de la gran vela en uve. Los remeros debían así llevar toda la responsabilidad de la propulsión de la nave.

Valtag se acercó al capitán. Hace apenas unas estaciones nunca se hubiera imaginado que estaría preocupado por la pérdida de los dos guerreros de una embarcación pirata. Pero estaba en juego la vida de su padre,... si es que todavía seguía con vida. La Ola de Sangre le ofrecía la mejor oportunidad para descubrir que había pasado y quienes iban tras él. Mchinjaji lo miró con cierta impaciencia, no le gustaba el waertagi. La tonalidad de su piel le asqueaba, le recordaba demasiado a los esclavistas fonritianos, esos malditos hijos de Jenaguru, la Luna Azul. La epidermis de esos bastardos era del mismo color que el ya desaparecido astro. Mchinjaji se había dejado convencer por Haraka para reclutar a Valtag. Sabía que necesitaban un aperturista si querían adentrarse en las aguas oceánicas. Pesaba sobre los mares una temible maldición que únicamente los hechiceros de Dormal eran capaces de contrarrestar. Encima, estaba lo de Sangriento. Hacía años, un enorme ejemplar de tiburón azul seguía a la Ola de Sangre allí donde iban. Mchinjaji lo alimentaba con asiduidad. Lo consideraba una señal de Enyakatho y había hecho esculpir un tótem al espíritu marino. Valtag era iniciado de Triolina, la madre los océanos. La presencia del tiburón no solo no pareció intimidarlo en lo más mínimo, empezó él también a alimentar a la bestia y eso enfurecía en secreto al maslano, que temía ver así mermada su autoridad.

- Capitán… - Valtag se quedó esperando. Mchinjaji se limitó a mirarlo, sin invitarlo a continuar. El tonelero carraspeó, pero prosiguió: - Capitán. Tanto si encontramos alguna pista sobre el paradero de mi padre, como si navegamos hacia el Mar de Rikas, la Ola de Sangre habrá de hacer frente a nuevas dificultades. En el Templo Esmeralda, la desafortunada pérdida de dos grandes guerreros puede… mermar nuestras capacidades.

- Nos dirigimos a Iku Azu – se limitó a decir el capitán.

Valtag no estaba familiarizado con ese nombre. Pronto averiguó hablando con los nautes que era una aldea costera de sofalis. Un gran número de clanes del pueblo de las tortugas marinas habitaba las Islas Edrenlinas y la costa del Mar del Maslo más al sur. Sabía que los sofalis se encontraban a lo largo y ancho de toda la costa gloranthana. A pesar de emplear tan solo canoas, recorrían grandes distancias guiados por sus animales. La aldea de Iku Azu era notoria por la calidad de las armaduras que confeccionaban a partir de los caparazones de tortuga marina. Tal vez allí podrían reclutar a nuevos guerreros.

Antes de que el astro solar alcanzara su cénit, la Ola de Sangre divisó las cabañas de planta circular de la aldea. El bajo calado de la embarcación les permitía acercarse hasta la arena de la playa. Sobre ella se habían congregado un gran número de hombres armados. Todos portaban enormes escudos. Algunos blandían pesadas mazas de hueso y otros lanzas que dirigían hacia la embarcación. Dudu, el naute de ascendencia sofali de la Ola de Sangre, intentó calmarlos, asegurándoles que venían en paz. El portavoz de los aldeanos, un hombre musculoso de piel de ébano, le respondió. Por la entonación estaba claro que en Iku Azu no eran bienvenidos. Los intentos de Dudu por llegar a algún entendimiento cayeron en saco roto. A la fuerza no lograrían reclutar a nadie y quedaba claro que tampoco tenían intención de tratar con piratas. Resignados decidieron abandonar la playa y proseguir su viaje.

Se habían retrasado tanto con la ofrenda a Amankatho que no alcanzarían la siguiente aldea hasta bien entrada la tarde. No sabían que recepción tendrían en ella, por lo que prefirieron no perder el tiempo y pasar la noche entre dos pequeños islotes que quedaban más al norte, cercanos a la desembocadura del Río Ulambile. Navegaron el resto de la jornada sin dificultades. Tal como habían previsto, llegaron al atardecer y pasaron la noche en una pequeña cala desde donde no corrían peligro de ser avistados. El islote estaba completamente desierto, así que a penas tomaron precauciones esa noche y todos descansaron. A la mañana siguiente, la Ola de Sangre puso rumbo norte, hacia la Bahía del Cuello de la Tortuga.

- ¡Mirad! - exclamó Sang desde su posición en la proa de la nave. Al norte se divisaba un islote de casi una milla de anchura. Era un gran montículo, una inmensa roca que sobresalía sobre las aguas del mar cerca de la orilla de Dangele. En la cúspide se elevaba imponente una ciclópea estructura megalítica. Dos grandes bloques de piedra dispuestos oblicuamente, coronados por una gran roca plana formando una mesa.

- Keoyi, el santuario de Mura protegido por Sofal – explicó Dudu. - Lo custodia un feroz clan sofali.

- ¡Por todos los remos rotos! - Haraka se puso el pie gritando - Si en Iku Azu hemos tenido esa acogida ¡Imaginad la recepción que nos darán un atajo de fanáticos!

- Pongamos rumbo al norte, nada se nos ha perdido aquí – intervino Mchinjaji. - ¡N’guyen! ¡Vira rumbo noreste, hacia la bahía!

- ¿Hay acaso allí otra aldea? - preguntó Valtag.

- Ignoro que incautos se atreven a asentarse tan al norte. Estas tierras,... están malditas.

- Pronto lo averiguaremos – sentenció el capitán y se distanció de ellos dando por finalizada la conversación.

Los remeros seguían impulsando la nave. El karatan de Miti había enmudecido. Por precaución, Haraka no deseaba alertar a los habitantes del islote, si bien albergaba pocas esperanzas que no se hubieran percatado ya de su presencia.

Por fortuna, no hubo movimiento alguno de los sofali y se adentraron en las aguas de la Bahía del Cuello de la Tortuga sin contratiempos. La entrada de mar se abría unas doce millas. En algún punto bajo el aguas se encontraba el emplazamiento submarino de Titinya. Una aldea de una de las muchas tribus de habitantes del mar que poblaban las aguas de Glorantha. Por el mapa de arcilla de las Islas Edrenlinas que Mchinjaji tenía en su poder, sabían que había un total de diez aldeas en todas las Islas Edrenlinas. Los ludoch constituían la única especie de habitantes de mar que vivía de forma permanente en el archipiélago. Los maslanos pensaban que estas criaturas descendían de los habitantes de la sumergida Sharzu, su tierra ancestral que quedó sepultada bajo las aguas oceánicas en los tiempos míticos. Tal vez por ello los ludoch tenían una apariencia más humana que los otros habitantes del mar de los que tenían noticia.

- Podríamos acercarnos a la aldea sofali – propuso Valtag -. En Brodolomwal el gremio mercante mantiene contactos frecuentes con los ludoch de Isikepe.

- ¿Qué clase de mercancía intercambian? - se interesó N’guyen, había cierta áurea de misterio entorno a ellos. Se decía que tenían acceso a ricos tesoros de embarcaciones sumergidas.

- Las Isikiepe forman parte del Concilio del Despertar. Están ayudando a resucitar la Ominosa Joya Celestial de las Profundidades de Sez – respondió usando el nombre completo de la gigantesca embarcación dragón hundida en la costa de Hoko. Con aire pensativo inició el relato que tantas veces hubiera escuchado de los labios de su padre - Nuestra raza sufrió una severa derrota en la Batalla de la Victoria de Tanian. Desde tiempos pretéritos los gloriosos waertagi habíamos mantenido la hegemonía sobre los océanos de todo el mundo, sin embargo las cosas cambiaron en tiempos del pérfido Príncipe Ullmal. La confederación mercante de Jrustela osó oponérsenos formando los Hombres Libres del Mar. Los muy ruines decidieron dejar de entregarnos el justo pago por comerciar en nuestras aguas. ¡Ah, que soberbia la de nuestros antepasados! ¡Quisieron asentar un ejemplo que perdurara durante las eras de las eras! ¡Qué poco prevenidos! ¡Que terrible destino les esperaba! Enviaron el grueso de su flota. ¡Cincuenta gloriosos dragones marinos! Con todos sus tripulantes y sus altas torres sobre sus lomos. Y junto a ellos, una miríada de naves de apoyo. Barcos de exploración, y navíos de guerra. Pero mis ancestros no estaban solos, no señor. Los hijos de Triolina, en toda su gloria, nadan a su lado: veredethi, elementales de los remolinos y las mangas de agua, manadas de ballenas, tiburones y krakens, pero también miembros de las siete razas de habitantes del mar. Los pérfidos y traicioneros jrustelanos, lejos de dejarse intimidar o darse por vencidos, hicieron uso de sucia magia. Invocaron el poder del hijo del Río Celestial. ¡El cielo mismo se abrió! Cayó sobre la sublime flota una lluvia incandescente de fuego divino. Las aguas del mar se cubrieron de llamas. Hombres y bestias murieron abrasadas… Tan solo tres, ¡tres! embarcaciones sobrevivieron - Valtag permaneció unos instantes en silencio, parecía como si cargara el peso de esa derrota ancestral sobre sus espaldas -. Las desdichas no terminaron ese día. Los tres gloriosos dragones acabaron unidos aquí mismo, en las Islas Edrenlinas. Ahora, la escuela de Nardaldan y el Concilio del Despertar intentaban resucitar los míticos barcos vivientes.

N’guyen estaba por preguntar algo más cuando escuchó el silbido de Sang. Desde la proa indicaba que había algo en la costa. Situados en la popa donde se encontraban, a penas alcanzaron a ver dos o tres niños sobre la arena de la playa. Todo fue muy fugaz. Los chavales arrancaron a correr y desaparecieron entre la maleza. El timonel maniobró y Haraka dio la orden de izar los remos. La embarcación se aproximó hasta la misma arena de la playa y quedó ahí varada. Mchinjaji, Sang y varios guerreros saltaron desde la cubierta. Frente a ellos no había nadie, tan solo tres pequeñas canoas de pesca con la característica batanga de cañas a un costado. Les llamó la atención el mal estado en el que se encontraban. De hecho, tan solo una de ellas tenía vistas de poder usarse y aún así despertaba recelos. Las otras dos eran simples ruinas. Esqueletos de madera que languidecían sobre la arena.

Sang señaló hacia donde habían huido los chavales. Entre la vegetación se adivinaban las formas redondeadas de los tejados de las cabañas del pueblo de las tortugas marinas. Con rapidez, se organizó un pequeño grupo al que se unió Dudu. En efecto, a unos trescientos metros de la playa había una aldea en la característica disposición circular.

- ¡Las cabañas están en peor estado que las canoas! - observó N’guyen.

- ¿Habrán sido saqueados recientemente? - se preguntó Haraka.

- No lo parece, esto es… - Valtag trató de encontrar la mejor palabra que describiera lo que estaban viendo – decadente. Se diría que nadie se ha tomado la molestia de repararlas en años.

- ¡Mirad! Estas semillas están recién molidas. Parece que han abandonado el lugar a toda prisa.

- No me sorprende, ¡la fama precede a la Ola de Sangre! – dijo con orgullo Haraka.

- Esto es fútil, así no averiguaremos si mantenían contacto con Titinya. A este paso me tocará peinar el fondo de la bahía – se lamentó Valtag.

- No parece probable que estos desdichados sepan nada. ¡No me sorprende que no supiéramos nada sobre ellos! Mirad como está todo esto – Mchinjaji hizo un amplio ademán señalando a su alrededor. Aunque se adivinaba que había vida en la aldea, la mayor parte de las cabañas parecían completamente abandonadas y en un estado próximo a la ruina. Incluso aquellas que se intuía habitadas, su aspecto era decrépito y lamentable.

El grupo acordó abandonar el lugar y dar a Valtag la oportunidad de encontrar el enclave de habitantes del mar utilizando sus poderes mágicos. De regreso a la embarcación subieron todos a bordo y alcanzaron el centro de la bahía. El waertagi realizó el sortilegio que le permitía respirar bajo el agua. En el otro extremo de la nave, Mchinjaji alimentaba a Sangriento, no fuera que el animal tomara al waertagi por comida acostumbrado como estaba a devorar carne humana.

- ¡Espera! Te voy a ayudar. Dengeti te dotará de mejor visión.

Diciendo estas palabras, Haraka detuvo a Valtag y musitó unas cortas frases moviendo sus dedos en dirección a los ojos de su compañero. Concluido el conjuro, la vista del tonelero mejoró notablemente. Veía con gran nitidez la costa, e incluso el islote con el santuario en lo alto. Asintió agradecido. Equipado con un arnés especial diseñado por los hechiceros de su raza, Valtag se lanzó al agua dejando que el lastre lo arrastrara hacia el fondo marino.

Si no hubiera sido por la mejora mágica, hubiera pensando que se dirigía a un foso sin fondo. A duras penas llegó a vislumbrar entre la negrura las rocas del talud sobre el que se asentaban las Islas Edrenlinas. Ese tipo de magia tenía una corta duración y a penas tocó el lecho marino, el conjuro se desvaneció, sumiéndose en la fría semioscuridad. Ignoraba a que profundidad se encontraba ¿Habría cincuenta brazas? ¿Tal vez cien? Imposible saberlo, pero la luz diurna no era más que un leve recuerdo. Apenas lograba distinguir el contorno de las rocas más cercanas. Se dio cuenta que así jamás encontraría la aldea. Las cuerdas vocales estaban llenas de agua, producto del sortilegio que le permitía respirar, y de ellas no emergía sonido alguno. Decidió entonces agarrar una piedra del fondo y golpear con ella, con la esperanza de que el eco lograra atraer a los ludoch. Sus movimientos se veían enlentecidos por la masa de agua de las profundidades marinas. Aún así persistió en la esperanza que su idea diera algún fruto. Todo fue en vano. Fuera por ignorar su llamada o por no haberla oído, nadie hizo acto de presencia. Frustrado, el timonel soltó lastre vaciando el arnés. Con gran esfuerzo nadó de nuevo hacia la superficie. Cuando finalmente sacó la cabeza sobre las aguas, se sorprendió encontrarse muy al oeste de donde se hallaba anclada la Ola de Sangre. Tenaz, Amankatho lo arrastraba hacia sus dominios, hacia mar abierto. Vomitó el agua que había llenado sus pulmones. Odiaba este efecto secundario del conjuro. Cuando hubo recuperado el aliento, agitó los brazos y gritó hacia la distante nave. Por fortuna, la aguda vista del vigía de proa no le falló. Pronto el bajel pirata empezó a acercársele. Valtag respiró aliviado al ver la ausencia del poderoso escualo. A pesar de que le gustaba admirarlo cuando le daba de comer, no se sentía cómodo nadando en sus dominios. Era un ejemplar formidable. Por suerte, tras ser alimentado solía desapareciera de la vista durante varias horas. Ignoraba donde iba la criatura, pero no estaba dispuesto a descubrirlo ahora.

- Así jamás daremos con Titinya. El fondo marino es demasiado oscuro. Tomaría semanas explorar toda la bahía – se lamentó Valtag ya a bordo de la Ola de Sangre-. Necesitamos dar con los sofali de la aldea.

- En ese caso cogeré a mis dos mejores rastreadores. Toda una aldea no puede haberse desvanecido en el aire. Habrán dejado un rastro que hasta un cangrejo sin patas podría seguir.

En efecto no se equivocaba. A penas examinaron los alrededores dieron con numerosas huellas que se alejaban internándose en la isla. Las siguieron en dirección noreste a través de la jungla, pero no hizo falta alejarse mucho. A penas a media legua de distancia les salieron al paso varios hombres enmascarados. Ocultaban el rostro tras caparazones de tortuga ornamentados de forma un tanto grotesca. De aspecto demacrado, se diría que incluso desnutrido, sin duda carecían de una fuente estable de alimentos. Dos de ellos padecían albinismo, sus pieles extremadamente pálidas y cubiertas de costras y cicatrices, resultaban repulsivas. La máscara de uno de ellos, el más anciano, era más elaborada que la del resto. Andaba encorvado apoyado en una vara retorcida de la que colgaban conchillas, caracolas y pedazos de nácar.

Dudu se dirigió hacia los recién llegados empleando la lengua del pueblo de las tortugas. Trató de calmarlos, asegurándoles que no tenían nada en su contra. Tan solo deseaban información para contactar con los ludoch de Titinya. Los sofali no bajaron las armas hasta se convencieron que los piratas no suponían una amenaza.

- Nurwu es el shamán de los Icho – explicó Dudu -. Dice que sabe como contactar con el clan Titinya, pero quiere algo a cambio.

- ¿Cuál es su precio? - preguntó Valtag.

- Desean recuperar su ídolo robado. Aseguran que está en poder de los Keoyi.

- ¡Torturémoslos hasta conseguir la información! - exclamó furioso Mchinjaji.

- Debemos andarnos con ojo ¿y si los ludoch nos niegan su ayuda? Si los Icho son sus aliados, podrían enfurecerse si descubre que algo malo les ha ocurrido – Haraka se mostró más cauto. - Además, nos podría ser útil tener como aliados un clan sofali.

- ¡Estos degenerados no pueden ayudarse ni así mismos! - le respondió con desdén.

- Haraka tiene razón, será menos arriesgado recuperar ese ídolo – intervino conciliador Valtag.

- ¿Menos arriesgado? - intervino N’guyen -. Recordad como nos ha ido en el anterior templo…

- Esta vez no tenemos que adentrarnos en la jungla. Tan solo esperar la noche e infiltrarnos en el islote. Los Keoyi ni siquiera sabrán que hemos estado allí.

- ¿Estamos seguros que el ídolo se encuentra en el templo? ¿Cómo sabemos que no lo custodian en su aldea?

Dudu transmitió la pregunta a Nurwu, quien le aseguró que era el lugar donde lo encontrarían.

- ¡Cómo no se encuentre en el templo los Icho lo pagarán caro!

Todos entendieron la respuesta del capitán como la aceptación de las condiciones del trato con los Icho. Los sofali se desvanecieron en la jungla y el grupo regresó a la playa para trazar el plan de acción. Al anochecer, todo estaba a punto.

- El templo está ahí arriba – señaló Valtag hacia lo alto del acantilado -. ¡Lo menos habrá la altura de dos ballenas!

- No queda más remedio que ascender trepando – dijo resignado el timonel.

- Aquí no hay donde aferrar la canoa – se lamentó Haraka. Aquello le obligaría a quedarse a bordo para evitar que la fuerte corriente alejara la embarcación. Su malestar era más que evidente.

- Sang, tu abrirás camino.

El amuleto de cola de mono le proporcionaba una ventaja notable sobre el resto del grupo. Asintiendo al capitán, el ngwena invocó su poder. De un brinco inició el ascenso del agreste acantilado. En menos tiempo del que tarda en saciarse un tiburón en un banco de peces, Sang había asegurado una cuerda en una pequeña cornisa situada a dos tercios de la altura a cubrir. Con mayor o menor dificultad, uno tras otro fueron ascendiendo. Desde ese punto se abrían dos vías. Decidieron tomar la que presentaba menos vegetación. No deseaban quedarse con un matojo de hierba en las manos mientras caían al vacío. El timonel dio algún que otro traspié, pero lograron coronar la parte alta del acantilado sin excesivas dificultades.

Ante ellos, se elevaban las ciclópeas bases de la construcción megalítica. Dos pilares toscos, a penas tallados, sostenían una mole rocosa ligeramente convexa de varias toneladas. Una densa y nada natural bruma ocultaba el interior de la mesa.

- ¡Oh, tiburones desdentados! ¿Qué perfidia es esta?

- ¡Incauto capitán! ¡Yo que he guiado la nave entre las más densas nieblas gestadas por el cálido Sikkanos, os prevengo que mal acabaremos si osamos profanar este lugar! ¿Acaso el precio pagado en tierras de las serpientes no ha sido ya suficiente alto? ¿Vale el padre de un urbanita nuestras vidas?

- ¡Palabras sabias pronuncias, timonel, tu que eres como un hermano mayor para mi! ¡Olvidas que somos hijos de las olas! Los espíritus de los escualos acompañarán nuestras almas hasta la Grande Sharzu cuando nuestra hora alcance, mas no será en este lugar. ¡No hay mar que temamos! ¡Corriente que se nos resista!

- ¡Maslanos! Una simple bruma no ha de frenarnos. La vida de mi padre está en juego. Fue él quien me mostró la grandeza de los mares, fue él quien me forjó como el hombre que soy ahora. Os digo que la bodega de su bajel de riquezas siempre rebosa. Seguidme y vuestro valor bien será recompensado.

- Sigamos a Voltaje, si un carapez no muestra temor, ¿a caso debemos nosotros?

Dicho esto, el grupo dio un paso al frente. La bruma los engulló por completo, rodeando no solo sus cuerpos, también sus mentes y espíritus. Con un respingo, N’guyen, Sang y el guerrero Kawe resistieron el influjo de la mágico y cayeron tambaleándose fuera de sus dominios. En el centro, el capitán y el timonel permanecían inmóviles. Haces grises los rodeaban oscilantes, envolviéndolos por completo. El trío se quedó anonadado sin saber como proceder. Temían adentrarse de nuevo o causarles algún mal si los arrancaban de ahí a las bravas. Por otro lado ignoraban les estaba pasando y si podían arriesgarse a no hacer nada. Pero antes de que pudieran decidir que curso de acción tomar, tres figuras ovaladas de un azul profundo se manifestaron sobre el techo de la mesa.

- ¡Dioses de las profundidades! ¿Qué horrores amenazan nuestras vidas?

- ¡Edrenlinos, no retrocedáis! ¡Empuñad las armas! ¡Atravesadlos antes de que sea demasiado tarde! - blandiendo su njiga, N’guyen se lanzó al ataque.

Sang invocó el poder llameante de su lanza. A su lado Kawe exhibió la valentía de los guerreros del mar y se lanzó arma en ristre contra tan extraños enemigos. De los etéreos seres brotaron haces de fulgor azulado. Con pérfida saña atenazaron los músculos de aguerridos hombres drenando sus fuerzas.

La bruma se había alejado. Hallábase Valtag sentado sobre el caparazón de una magna tortuga marina. Nadaba el quelonio sobre un mar sin límites, decidido, con rumbo firme hacia el frente, hacia un horizonte neblinoso, insondable. Valtag se encontraba solo, solo sobre la tortuga. De sus compañeros no había rastro alguno. Esperó en la inmensidad sobrecogedora de un mar en silencio. Esperó una eternidad comprimida en un instante. El horizonte se tornó arena, la arena playa. Sobre ella un hombre. Un hombre recio, grande, poderoso. De piel clara y densa barba blanca que violenta se removía con un viento inexistente. El hombre de torso desnudo asía con sus músculos de hierro una formidable hacha. La tortuga se detuvo ante él. Valtag descendió de ella. El hombre y la tortuga hablaron sin palabras y ella le concedió permiso y él se subió sobre su caparazón. El animal se alejó por donde había venido llevando sobre su espalda a su nuevo compañero. Desaparecieron, como un ensueño, fundiéndose en el vaporoso horizonte.

Valtag, más solo que antes, miró a su derecha y luego a su izquierda. La playa era un manto de arena sin principio ni fin. Pensó en encontrar el ídolo y andó dejando las salubres aguas a su costado. Mas mucho no anduvo que divisó una tosca columna de piedra. Sobre ella un cristal azulado en forma de tortuga. Valtag estiró la mano. Dubitó unos instantes y la asió.

Mchinjaji se encontraba sobre el caparazón de una tortuga marina. Solo en la inmensidad del mar de bruma. No comprendía que estaba ocurriendo, pero esperó. Esperó una abrumadora cantidad de tiempo que desapareció en un soplido. Y ante él una playa y sobre la playa un hombre que era más que un hombre. Y el extraño subió sobre la tortuga y quedose el capitán solo sobre el abismo de arena. Y pensó en el ídolo y vio el ídolo aparecer sobre el pedestal de piedra tosca. Y desconfió. Y pensó en sus compañeros y los atinó a verlos, a lo lejos, perdidos entre la bruma del mar. Todo aquello no era más que una ilusión.

A los pies de los titánicos megalitos, lejos de desfallecer, los guerreros descargaban con tenacidad sus armas. En una lucha contrarreloj, golpeaban a los guardianes del templo mientras la fuerza abandonaba sus cuerpos bajo la continuada lluvia de relámpagos azules. Fatiga. Golpe. Cansancio. Golpe. Extenuación. Golpe. ¡Estallido!

La férrea determinación de los valientes marinos quebró al fin a sus enemigos. Los centinelas espectrales se desvanecieron atravesados por sus armas. Cayeron los guerreros de rodillas al suelo. Con arrítmica respiración se dirigieron unos a otros.

- ¡Mirad! ¡La bruma ha desaparecido!

- ¡Ahí! ¡Ahí están!

Inmóviles, como en trance, el capitán y el tonelero permanecían de pie a escasos pasos del punto en el que se internaron bajo el pétreo santuario. Entre ellos, la columna con la cristalina gema-tortuga.

- ¿Qué hacemos? - preguntó Kawe, el guerrero todavía temía los poderes que pudieran ocultarse en místico monumento.

- ¿No lo oís? ¡Allá! ¡Por el camino de la aldea! ¡Los Keoyi! ¡Los Keoyi han sido alertados!

Un numeroso grupo ascendía a toda prisa teas en alto, armados con lanzas y escudos. Sin tiempo que perder, agarraron a sus compañeros y el ídolo, temiendo por unos instantes que el lugar reaccionara de nuevo contra ellos. Nada ocurrió.

- ¡En pie! ¡Despertad! Capitán! ¡Valtag! - los zarandearon con fuerza. - ¡Están llegando! ¡Si nos dan alcance, estamos perdidos! ¡Perdidos!

- ¡Valtag, no encontrarás a tu padre!

- ¡Capitán! ¡La tripulación le necesita!

Con estas palabras y más ruegos, abrieron los ojos, salieron del trance. Los sofali se acercaban, sus pasos resonaban cada vez más próximos. Tambaleantes, unos por cansando, otros todavía desorientados, se acercaron al borde del acantilado. Sang descendió primero, tras él, Mchinjaji. Tras ellos Valtag. A penas alcanzaron el primer rellano, que el resto ya iniciaba el descenso. En lo alto, las primeras jabalinas volaban letales. Una cayó a la derecha, otra a unos pasos. La oscuridad y la distancia todavía los protegía, pero la suerte no duraría. Kawe perdió asidero. Sus músculos a penas le obedecían, agotado como estaba. Durante unos instantes se quedó colgando de la cuerda. Haciendo acopio del último resquicio de sus fuerzas, su pie palpó la roca y recuperó el punto de apoyo. N’guyen no se esperó más, ya veía con claridad los rostros de sus atacantes. Las jabalinas silbaban a su alrededor, acercándose peligrosamente. Inició el descenso. Sus agarrotados brazos se rebelaron, sus flácidas piernas fracasaron. Kawe alcanzó la cornisa, alzando la vista vio a su compañero precipitarse sobre él. Más que apartarse, dejó que sus fatigadas piernas cedieran y quedó recostado contra la pared. N’guyen golpeó con dureza la cornisa, por suerte, el corpulento timonel sobrevivió al impacto.

En lo alto, asomaron los primeros sofali. Desesperados, sin fuerzas para emprender un nuevo descenso, los dos guerreros se dejaron caer al mar. Haraka había tomado la precaución de apartar la canoa del borde del acantilado y los dos hombres cayeron sonoramente a las frías aguas nocturnas. Como pudieron emergieron de nuevo a la superficie. Sus compañeros los subieron a bordo y el grupo emprendió la huida en dirección a la playa de la Bahía del Cuello de la Tortuga.

Recreación del campo de batalla

A la mañana siguiente, los Icho cumplieron con lo acordado. Nurwu se lanzó a las aguas salubres aguas transformado por completo en una tortuga marina. Unas horas más parte, regresó acompañado por tres ludoch. Sus pieles eran oscuras, de tonos tostados, ligeramente azuladas. Labios carnosos y frente ancha, lucían largas melenas onduladas de un profundo azul abisal. La parte inferior de sus cuerpos permanecía oculta bajo las aguas, pero una aleta dorsal gris oscura de formas suaves, pero prominente asomaba ocasionalmente sobre la superficie. Dos iban armados con tridentes, el tercero, tenía las manos vacías. Su larga melena estaba recogida formando una trenza con numerosas caracolas y figuras de nácar cosidas a ella.

- Soy Ukulawe, de las Titinya, leal a la yalayala Nargala – dijo en un edrenli fluido. Pronunciaba las frases con una peculiar cadencia, casi musical. Como olas que se acercan, creciendo en fuerza para luego retirarse dejando su recuerdo. - Decís ser aliados de la anciana madre de madres, la gran yalayala Nargana, de cuyo vientre nació nuestra señora.

El timonel dio un paso al frente.

- Así es. Soy Valtag, hijo del sivis Aeltag quien luchó junto a la yalayala Nargana en la Batalla de las Rocas de Oenriko. Quien defendió estas aguas de los codiciosos vadelinos. Esta es la Espada de Urukotu, obsequio de Nargana a mi padre por salvarle la vida.

- Veo verdad en vuestras palabras. ¡Un arma labrada de los huesos de la bestia marina! Solo existen cuatro como ella: Desgarradora, Penetrante, Ojo de Muerte y esta…, esta debe ser Ola Cortante – dijo. El ludoch se quedó pensativo. Una sombra de tristeza cruzó sus facciones. - Desgarradora, el poderoso tridente de la yalayala Nargana permanece incrustado en el costado de Isilara, quien le diera muerte. ¡Maldito sea nueve veces!

- ¡Isilara el Carnicero! ¡El legendario tiburón!

- Murió haciéndole frente, defendiendo nuestras fronteras de sus ataques. Ahora su hija ha ocupado su lugar.

- Mi padre ha desaparecido. No sé que le ha ocurrido. El veredethi contenido en ella me la trajo. Esa misma noche, unos desconocidos asaltaron la casa. Mataron a mi madre y yo conseguí escapar. Tuve que esconderme – añadió indicando con un ligero ademán a los piratas. - Transportaba telas teleosanas, pero desconozco su destino. Tal vez las Titinya podrían ayudarme.

- En honor a la vieja alianza indagaremos en el enclave de Isikepe. Tal vez nuestras hermanas sepan algo.

Valtag sabía que de todas las aldeas ludoch eran ellas quienes mantenían mayor contacto con los habitantes de la superficie. Si esta raza sabía algo, ellas eran sin duda su mejor baza y que mejor que otro ludoch para obtener la información. El waertagi les agradeció su ayuda y acordaron volver a verse trascurridas dos semanas.

Epílogo

Y esto es lo que dieron de sí las tres horas y media de juego. En la siguiente sesión los piratas se dirigieron hacia el Mar de Rikas, para hacer honor a su nombre, sin embargo, una inesperada sorpresa les esperaba...