Master Gollum

El Espejo de Yaronag (III): Matanza

Publicado hace 304 días

Continúa el relato del viaje en busca del espejo mágico a través de las regiones circundantes a la Ciudad de los Cinco Picos. Parte anterior El Espejo de Yaronag (II): Arañas.

Advertencia: contiene partes de violencia explícita que pueden herir la sensibilidad del lector. Texto dirigido a un público adulto.

Al siguiente crepúsculo, el grupo abandonó Rocamusgosa. La jornada de marcha transcurrió sin incidentes, así que acamparon al resguardo de una formación rocosa. Los últimos ecos de luz abandonaron la Región Central y el ambiente se sumió en la más total oscuridad. Kurumdagur y Ghul-Dahk permanecieron de guardia mientras el resto del grupo dormía bajo las pieles que usaban a modo de tiendas de campaña. A lo lejos se escuchó el aullido de un mastín de sangre. Al cabo de unos minutos otro le contestó. Una criatura pasó reptando a varios metros del campamento, centenares de agujas correteando sobre la tierra. Tal vez una escolopendra o algún tipo de miriópodo, pero Ghul-Dahk fue incapaz de identificarlo. La criatura se alejó, así que el maestro asesino puedo relajarse. La noche estaba llena de ruidos y el asesino urbanita se sentía fuera de su elemento tan lejos del bullicio de las calles de la Ciudad de los Cinco Picos.

Al crepuscular, el grupo levantó con rapidez el campamento y se puso de nuevo en movimiento. Esa jornada alcanzaron un hongal, uno de los bosques de setas gigantes que crecían en los valles más húmedos de las Tierras de los Clanes. Era el más grande que habían encontrado hasta el momento. Ikdur estaba entusiasmado identificando las diferentes especies de hongos, líquenes y musgos que crecían a un y otro lado del camino. Había traído consigo un tratado micológico. La variedad de especies y las frecuentes mutaciones que muchas sufrían hacía difícil la ya de por sí complicada tarea de identificarlas. A penas llevaban transcurrida media legua cuando se encontraron rodeados por unos hongos esféricos tan grandes como dos cabezas. Lombriz Intestinal, el joven skono, los miraba con recelo, aunque no dijo nada. También a Ikdur le parecieron sospechosos. A toda prisa desenrolló el pergamino examinando las miniaturas con la esperanza de poder identificarlos antes de que supusieran un peligro. Pero no fue lo suficiente rápido. Sin previo aviso, uno de ellos estalló liberando una nube de esporas. Como activados por un resorte invisible, cuando el aire envenenado alcanzó al hongo más cercano, éste también estalló, en décimas de segundo se le unieron otros en una reacción en cadena mortal. Una nube densa, irrespirable que bloqueaba por completo la visión, los había rodeado. Kurumdagur azotó al buey ciego que se lanzó a la carrera. El resto del grupo siguió a trompicones el sonido del carruaje. Aunque el área cubierta por la nube no era excesivamente grande, sin la guía del cóbalo no hubieran logrado salir de ella. Varios emergieron tosiendo y escupiendo una mezcla de saliva y mucosidad amarillenta, mientras que otros llegaron buscando desesperadamente aire tras haber contenido la respiración al límite de sus fuerzas.

Después de la experiencia veían amenazas por doquier. Hongos de formas sospechosas proyectándose sobre el camino, movimientos a penas perceptibles por el rabillo del ojo. Todos deseaban salir de allí, pero con la llegada de la oscuridad, el grupo se vio obligado a acampar en el hongal. Esa noche oyeron sonidos deslizantes producidos por limacos bioluminiscentes. Un quiróptero pasó volando cerca de un hongo alargado, de tres metros de altura. Un tentáculo salió disparado de su parte superior engulliéndolo al instante. Los dos skonos montaron la primera guardia y más tarde fueron relevados por Cuerno Chueco y Kurumdagur. Esta vez sí, la suerte se puso de su parte y esa noche ningún peligro les amenazó. Enseguida desmontaron el campamento y prosiguieron el camino.

– ¡Por fin salimos de este maldito hongal!

– ¡Ah Su Magía! Creímos que se apenaría sin tantas setas que observar – dijo Ghul-Dahk con cierta socarronería.

– ¡Va! – espetó Ikdur ignorando su tono –. Sin duda no nos faltarán sorpresas. Nuestro objetivo es alcanzar Kragonneoh lo más antes posible. Perdimos demasiado tiempo en Rocamusgosa y bien nos conviene recuperarlo.

– Por fortuna el muchacho conoce bien los alrededores de su aldea, ¿verdad? – dijo el maestro asesino mirando en dirección al joven skono, quien asintió sin entender muy bien que estaban diciendo.

– Pronto llegaremos a Paso Escorpión y de ahí tan sólo necesitaremos dos o tres ciclos hasta Kragonneoh –intervino Mascarañas.

– ¡La Ciudadela Puente, rica en cristales de roca!

– ¡Aquí, al pequeño bribón, le brillan los ojos sólo de pensar en las minas! – se mofó el maestro asesino.

– Mi primo Trudukdagur robó un ojo de Wakboth del tamaño de un puño –. Como si no le hubieran escuchado el cóbalo repitió – ¡Del tamaño de un puño! Ese robamigajas de Durandrukar lo convenció que era un asunto fácil. Entrar y salir, le dijo. Es un mago de pacotilla, le dijo. Trudukdagur desconfiaba… ¡Pero era un puñetero ojo de Wakboth! ¡Lo que un cóbalo puede hacer por una piedra así! Esperaron a que Arhbak dûn Büulnyk abandonara su mansión para entrar ellos ¡Por el Gran Ingeniero Durkurumtar el Osado que lo habían planeado con cautela! Usaron larvas mascapiedras para abrir un boquete desde una casa vecina no más grande que esto – dijo indicando con la mano hasta la altura de sus rodillas – Mi primo Trudukdagur, Morgorondar el Torpe y Krakardagur Tres Dientes se arrastraron por el agujero hasta el mismísimo sancta sanctorum del hechicero. Allí estaba esperándolos el precioso ojo, con sus aristas negras y sus relucientes venas rojas. Tan sólo tenían que agarrarlo y salir de ahí.

Ikdul había oído hablar de Arhbak dûn Büulnyk, era un archimago de baja estofa, pero reconocido en ciertos círculos por haber entrado en contacto con espíritus de la putrefacción. Ya se imaginaba la suerte que correría el primo de Kurumdagur y sus amigos, pero antes de que pudiera concluir el relato, Lombriz Intestinal interrumpió señalando un pequeño domo de piedras que se elevaba a unos trescientos metros del camino.

– ¿Qué hace una cabaña aislada en un lugar como éste? ¡Resulta extraño que alguien pueda vivir aquí a merced de tantos peligros! – se sorprendió Ikdur –. ¿Tal vez esté abandonada?

– ¡Quien sabe que riquezas puede haber en ella! – dijo Kurumdagur con ojos codiciosos.

– ¡Oh qué peligros! – intervino el maestro asesino –. No me gusta nada.

Idkur también podía sentirlo, sin duda un aura de poder emanaba de ese lugar. Tal vez por eso se giró hacia él y ordenó:

– ¡Ghul-Dahk, acompáñame!

Un senderillo conducía hasta la puerta de la cabaña. A sus márgenes había colocadas innumerables falanges formando varias runas antiguas. Los mismos huesos habían sido tallados de forma minuciosa con inscripciones en demoníaco arcano. Ikdur no se atrevió a romper ninguna de las configuraciones y siguió avanzando hasta la puerta. En ella la cabeza de un skono pendía atada con unas bandas de cuero meciéndose lentamente con la brisa crepuscular. Al cráneo le habían arrancado los ojos y la lengua colgaba grotescamente por completo ennegrecida. A modo de puerta, obstruía el paso una vieja piel hecha jirones. Una fuerza que no podía explicar, empujó al mago a apartarla e internarse en la construcción. El interior era mugriento. El suelo de tierra y musgo, se encontraba cubierto casi por completo de huesos, pieles, caparazones, vasijas y bolsas del cuero. Del techo colgaban en tal número que resultaba imposible ver la pared del fondo plumas, alas membranosas, babosas resecas, colas de reptil, garras disecadas, hongos, pedazos de carne repletos de gusanos y escarabajos carroñeros. En el centro de ese desorden, una anciana escuálida, de piel mortecina empezó a balbucear:

– ¡Un discípulo de los Cinco Picos por ahí! ¿Qué buscará por estas tierras? Ah, sí, sí, al enemigo de su maestro… Mas para hallarlo el abismo ha de cruzar. Si el discípulo quiere que esta pobre anciana consejo le dé, antes deberá ayudarla él a ella, ji,ji –. La mujer alzó su rostro y sus ojos blancos que lo atravesaron cuando lo miró directamente – Haz daño a Quiebrahuesos, mata a su hija. ¡Mátala! ¡Mátala y regresa!

Anonadado, el hechicero abandonó la cabaña teniendo la certeza que la bruja le sería de ayuda. A pesar de que nunca había escuchado el nombre que le indicó la anciana, de alguna forma sabía que le había pedido asesinar la hija del líder del poblado skono que se encontraba a media jornada de distancia siguiendo el camino. Entonces se percató que había entrado solo en la cabaña y Ghul-Dahk lo había estado esperando fuera. Enseguida le encargó el trabajo que le habían encomendado. El rostro del Maestro del Clan de las Tres Sombras no reflejó emoción alguna, pero sus ojos, sus ojos dieron un escalofrío al mago. Eran los de un depredador sediento de sangre.

El asesino esperó a que la cegadora luz solar llenara el ambiente abandonar el grupo y dirigirse hasta la aldea skona. A apenas media legua de camino, alcanzó una construcción típica en forma de montículo. Las casas estaban pegadas entre sí y las calles techadas por completo. Tan sólo había una entrada evidente, aunque posiblemente existiera algún punto de ingreso auxiliar. Un único guerrero montaba guardia equipado él también con un casquete viviente translúcido para filtrar el resplandor del día infernal. Ghul-Dahk retrocedió antes de que pudiera ser descubierto y, dando un rodeo, se deslizó en completo silencio por encima de las casas de la aldea. El guardia estaba absorto en sus pensamientos y jugueteaba con pedazo de comida seca mientras lanzaba miradas ocasionales a ambos lados del sendero. Colgándose boca abajo, el asesino tapó con firmeza la boca del guardia a la par que hundía hasta la empuñadura un estilete semicurvo en la base de su cráneo. La afilada hoja penetró sin resistencia a través del bulbo raquídeo y alcanzó el tálamo destrozando todo a su paso. El guardia se sacudió con violentos espasmos, pero las manos firmes del maestro lo sujetaron hasta que exhaló su último aliento. Enseguida arrastró el cuerpo hasta detrás de unas rocas y sólo entonces retiró la cuchilla. La sangre emanó a borbotones del orificio, pero no había rastro de sangre en la puerta de ingreso. Sin perder tiempo entró sin producir ruido alguno. Los escasos rayos de luz que llegaban a filtrarse entre las rendijas del techo le proporcionaban la visión que necesitaba. Tal como esperaba, el pueblo al completo dormía a esas horas. A modo de puertas, los ingresos de las diferentes cabañas estaban tapados por unas toscas pieles. Recorrió con cuidado el estrecho callejón hasta alcanzar un arco más prominente que el resto. Con cuidado apartó la piel. En su interior había una familia al completo. Cinco adultos, dos niños y tres chiquillas. Sin saber quien era su objetivo, se acercó a la primera de ellas y hundió en el mentón su cuchilla sujetando por la boca a la criatura. La niña murió al instante, sin romper el silencio reinante. Un charco de sangre se formó bajo el cuello degollado, pero hizo caso omiso y se dirigió hacia su siguiente objetivo. Dos niños yacían abrazados, así que decidió dejarlos para el final. Una tercera víctima dormía en un rincón ligeramente apartad del resto. Tenía la sensación que aquella no era la hija del líder del clan, pero no quiso correr ningún riesgo. Con movimientos lentos se situó a su lado y también la degolló. La niña lanzó un pequeño estertor y una hembra que debía ser la primera esposa se movió entre sueños. Sabía por experiencia que las hembras de los skono eran más sensibles que los varones, como ocurría con la mayoría de las especies. No podía perder más tiempo. Gateó hasta su última víctima. La niña debía tener unos seis años y el niño que la abrazaba tres. Clavó de una estocada la cuchilla destrozando la masa encefálica de la pequeña. El niño se despertó, pero en un veloz movimiento, extrajo la hoja y la descargó contra el cuello del chaval antes de que pudiera emitir el más mínimo sonido. Se quedó paralizado unos segundos asegurándose que nadie se había despertado y abandonó la cabaña con movimientos lentos. Una vez alcanzó de nuevo el callejón retrocedió por la misma calle por la que había venido. Alcanzó la arcada de ingreso sin contratiempos. Dentro escuchó algunos movimientos, tal vez se tratara del relevo de la guardia, así que se colocó el casquete y abandonó a toda prisa el lugar.

Ikdul entró en la morada de la bruja. Sin necesidad de decir nada, la vieja adivina parecía complacida.

– ¡Qué la luz no deslumbre lo pactado! El Aprendiz de los Cinco Picos su parte ha cumplido, ahora esta anciana hará lo propio. Si quiere cruzar el abismo, – empezó a relatar sin apartar sus ojos blancos del hechicero – la puerta deberá ser abierta ¿verdad? En los antiguos tiempos del Imperio de Yaruzth, cuando los gigantes de piedra acosaban a los magos, el Archimago Nurh Dij Ahroth mandó levantar la gran Puerta de Kargzrö sobre el puente que cruzaba el abismo. Las fuerzas lilitas chocaron contra ella, pero la puerta resistió. ¡Oh si resistió! En aquellos tiempos la Dinastía Ahroth era poderosa. Tras las murallas se construyó la ciudadela de Kragonneoh, la que llamaban la Ciudadela de las Mil Trampas. Sólo cuatro frases de poder pueden abrir el paso hacia el Bosque Petrificado. A los Cuatro Insignes de la ciudad deberá encontrar, pues cada uno conoce una de las sentencias a recitar. ¿Podrá el Aprendiz convencerlos para que se las revelen? Ji, ji. Tarea nada fácil será. Y ahora, si la ira de Quiebrahuesos no quiere conocer, el pequeño mago huirá. Ji, ji. ¡Oh sí! ¡Huirá!

La risa de la anciana continuó persiguiendo a Ikdul aún cuando hubieron reanudado el camino. Aunque tan solo el mago y el asesino sabían lo que había ocurrido, un silencio incómodo se impuso sobre el grupo. Ikdul ignoraba que reacción pudieran tener los skonos que los acompañaban de enterarse, especialmente el joven cuyo clan no vivía a demasiadas jornadas de viaje de allí. Como temía las represalias de la tribu de Quiebrahuesos, impuso un ritmo de marcha alto, sin permitir acampar a la caída de la oscuridad. La siguiente jornada estaban agotados, pero siguieron avanzando sin descanso, distanciándose lo máximo posible del poblado skono.

Caprichosas formaciones rocosas salpicaban el paisaje de modo irregular obligando al camino a serpentear con brusquedad entre ellas. Cada roca ofrecía un lugar perfecto para tender una emboscada y el cansancio acumulado aumentaba la sensación de inseguridad. Mascarañas y Lombriz Intestinal exploraban la vanguardia, cerciorándose que el camino estuviera despejado. Kurumdagur casi no azuzaba al buey, evitando alzar demasiado la voz. Ghul-Dahk permanecía en guardia pero de aquel modo tan suyo, seguro de sí mismo, despreocupado. Ikdur no percibió en él nada que denotara lo que había ocurrido. Recorrieron así dos leguas cuando encontraron a los dos exploradores esperando instrucciones a un lado del camino. Mascarañas señaló hacia la izquierda, a unos cuatrocientos pasos había un gran montículo artificial de tierra. El mago decidió enviar a Mascarañas y Ghul-Dahk para que echaran un vistazo.

El explorador y el asesino se acercaron furtivamente hasta la elevación y la rodearon agazapados. La tierra formaba en realidad un ancho terraplén en forma de medialuna. Al otro lado estaba completamente suelta, como si la hubieran depositado recientemente. En efecto, una corta vía de poco menos de cien pasos conducía hasta una apertura en la roca de unos cinco metros de ancho por tres de altura. Antes de que pudieran discutir cual sería su próximo movimiento, escucharon el inequívoco chasquido de un látigo al golpear. Los sonidos se hicieron más intensos. Venían acompañados una serie de gritos agudos y el ruido pesado de las ruedas de una carreta sobrecargada. No tardó en emerger por la entrada de la montaña dos bueyes ciegos que tiraban de una carreta llena hasta los bordes de tierra y pedruscos. La empujaban skonos encadenados y tras ellos varios cóbalos los hostigaban dejando caer sin piedad las lenguas de cuero. Al llegar junto al montículo detuvieron la carreta y obligaron a los esclavos a descargar el material. No cabía duda que se encontraban ante la entrada de una mina. Sin ser vistos, los batidores se replegaron hacia el camino principal. Tras informar del hallazgo, Ikdul decidió que no merecía la pena demorarse aquí más tiempo. Se consideraba suficiente afortunado que no montaran guardia en el camino y el grupo retomó la marcha.

Imagen: Edward Frederick Brewtnall - Visit to the Witch 1882